Modestia aparte considero que domino el mundo de la cibernética. Nada a profundidad, pero me defiendo. Se transcribir un texto, realizar una presentación en power point que quede al menos decente; puedo manejar dignamente una hoja de Excel; y hasta insertar una imagen en cualquier documento; puedo enviar sin ningún problema un mail con archivo adjunto; soy adicta al celular y a todas sus funciones, tengo pen driver y mp3; sé lo que es el mundo del Facebook y el Twitter; y hasta me manejo bien con los software libre.
Y si me obligan administro bien un aula virtual para enseñanza a través de Internet. Sé investigar, bajar libros, mirar películas y demás. Aclaro que no soy una experta, porque no estudié esa especialidad, pero me defiendo. Lo que quiero decir es que no muero atropellada en la superautopista de la información; que sacaría al menos 10 en cualquier examen.
Peeroooo, reconozco que hay una porción de ese mundo que me parecía lejana, intrigante y seductora. El mundo de los juegos en Internet. He presenciado como mis amigos, familiares y compañeros de trabajo se hacen adictos a este tipo de juegos. Ello me ha intrigado, llamando poderosamente mi atención. Y, como soy una mujer de mi época (es decir, de esta que ahora vivimos), decidí que probaría suerte en este campo.
Decidí adentrarme en el mundo de los juegos por computadora. Y como si de un ritual mágico-religioso se tratase me senté frente al computador para dominar la máquina con mi intelecto que creí, oh ilusa, superior. Pero mi orgullo y mi prepotencia fueron maltratados. No entendí pero nada. Perdí miserablemente. Me amargué durante media hora mientras perdía con un juego que me recomendaron por ser el más fácil.
Cuando estaba a punto de claudicar para dedicarme a cosas menos lúdicas, uno de mis sobrinos me preguntó: ¿Tía qué haces? ¿Quieres jugar? ¡Yo te enseño! Con una paciencia infinita me explicó todo lo que tenía que hacer, aunque sus indicaciones se limitaron a: le das así, y así, y así y así. Y en miserables cinco minutos el condenao ganó y se fue, se alejó dejándome absoluta y completamente humillada. Porque mi amable y bello sobrino, que tiene sólo 4 años, para explicarme "el jueguito" se sentó en mis piernas. Sólo alcancé a pensar: ¡Fin de mundo, me alcanzó la tecnología! No soy NADIE.
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