martes, 13 de abril de 2010

Tuv adlscncia, pro n cel.

      Si comprendió fácilmente el título del artículo Ud. debe tener un máximo de 30 años o, como yo, tiene adolescentes en su entorno (hijos, sobrinos, ahijados, alumnos).  Y es que este tipo de economía del lenguaje es utilizada por los chamos para comunicarse a través de los mensajes de texto.

 

         Los muchachos de hoy en día han desarrollado una adicción al celular que es visible y molesta. La verdad, no les critico. Y no lo hago porque, aunque no soy adolescente y no suelo cortar las palabras en los mensajes de texto, sufro de la misma enfermedad.

 

         Confieso: Lo primero que reviso en la mañana al despertar y lo último que veo al dormir es el teléfono. Soy de las personas que camina metida en la pantalla del celular mientras escribo un mensaje. Mi adicción es tal que muero si no tengo saldo, siempre debo tener saldo para, debo confesarlo con mucha vergüenza, enviarles tonterías a mis amigos y alumnos.

 

         Soy de esas personas molestas que están en una reunión y no hablan con nadie porque se dedican a enviar mensajes de texto. Es decir que la nueva tecnología me comunica con el que está lejos y me incomunica con el vecino.

 

         Si Ud. alguna vez ha hablado con alguien y deja de verle la cara para mirar el celular porque este indicó que tiene mensaje, sepa que, al igual que yo, sufre de la misma adicción que los adolescentes. Si perdió el hilo de la conversación por enviar o leer un mensaje, estamos en el mismo barco.

 

         Soy de las personas que pueden salir a la calle y olvidar hasta las llaves de la casa, pero nunca el teléfono. Sin embargo mi adicción no me ha llevado a gastar inmensas sumas de dinero en el aparato en sí. No pertenezco a la élite de los BB, pero no sé si he gastado más en saldo que varias personas de esa élite. 

         En fin que soy de esas personas que viven en un universo paralelo en donde sólo importa su teléfono y el mensaje que están a punto de enviar o recibir. Ya no soy buena conversando cara a cara. Olvido todo a menos que no este anotado en la agenda del celular.  La carga de la batería siempre está full, siempre tengo a mano el cargador. ¿Apagarlo? NUNCA. Debe ser una emergencia muy grande o que no tenga señal (lo cual se me convierte en una tragedia griega) o que el lugar y la situación lo amerite, y aún así lo pienso y sufro todo el tiempo que esté apagado.

 

         Total que he decidido, a petición de mis amigas más cercanas, confesar públicamente mi adicción; ese, según ellas, es el primer paso para lograr la cura.   

 

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